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12 historias de la invasión estadounidense de 1989
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12 historias de la invasión estadounidense de 1989

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No cabe la menor duda que la invasión de 1989 es el capítulo más terrible en la historia del país. Aún cuando trajo la democracia a suelo patrio y abolió el régimen militar, el precio que se pagó en vidas fue enorme, y ni hablar del daño económico que dejó el saqueo en la Ciudad de Panamá.

Las vivencias personales que existen de esta fecha son abundantes, y para efectos de esta publicación queremos dejarles con algunos testimonios de personas que aceptaron contarnos cómo fue que vivieron esos días nefastos de la invasión norteamericana:

1- Abby Montoya

Nuestro negocio familiar fue el único que no sufrió saqueo después de la noche de la invasión. Luego del bombardeo y de toda la escaramuza, los gringos apostaron una tanqueta frente al Super 99 de Plaza Tocumen, pero eso no impidió que lo saquearan. Otros negocios como Pinturas Glidden, H. Tzanetatos, el motel El Parador, el supermercado Gago del cruce de Pedregal, la gasolinera Texaco, la Caja de Ahorros y el Banco General (que estaba en el mismo local del Gago) corrieron con la misma suerte.

Sólo el kiosko Montoya, que era nuestro negocio, se salvó del saqueo. Desde allí escuchamos el estropicio cuando integrantes de los CODEPADI pusieron granadas en la bóveda del Banco General. Mi padre, Tomas Montoya y mis hermanos hicieron guardia todo el tiempo en el local. Para ello aprovecharon un rifle de juguete, una de las tantas cosas que quedaron tiradas del saqueo del Super 99. Era un arma de plástico muy bien trabajada, por lo que se veía real.

Mis hermanos hacían guardia con el rifle y eso ahuyentaba a los malandros. El kiosco sirvió de refugio a muchas personas que habían quedado varadas sin poder llegar a sus casas. Al no haber transporte ni seguridad, algunos prefirieron quedarse con nosotros hasta que todo volviera a la normalidad.

A los dos días, ya nos sentíamos un poco más relajados. Mi primo hacia guardia y tomó un descanso dejando “el arma” sobre el mostrador, y al querer tomarla de vuelta se le cayó al piso. El sonido nos delató.  Fue épico, todos los refugiados quedaron atónitos porque no podían creer que habíamos usado un arma de juguete para proteger sus vidas y el negocio.

2- Jenny Miranda

Durante la invasión, mi familia (mis padres, mi hermanito de 7 años y mi hermana de 1) y yo (tenía 5 años en ese entonces) vivíamos en Cerro Batea, San Miguelito, a escasos metros del entonces Cuartel de Tinajitas, ahora Cárcel de Tinajitas. Cuando empezó la invasión, tuvimos que salir corriendo mi madre en brazos con mi hermanita, mi hermano y yo a Samaria, donde vivía mi abuela paterna.

Mi padre era taxista y no podíamos comunicarnos con él. Nos fuimos hasta Samaria para resguardarnos de los helicópteros que sobrevolaban el área y de los militares estadounidenses que disparaban sus armas contra cualquiera que estuviese cerca del sitio. Aún tengo esa imagen grabada en la mente y el sonido de los helicópteros y de las armas. Recuerdo a mi madre halándome del brazo para que corriera más rápido.

Una vez en Samaria y a “salvo”, mi hermanita se puso mala con asma, por lo que mi papá tuvo que salir con ella en brazos, los dos solos, toda vez que era peligroso que mi mamá o cualquier otra persona lo acompañara. Cuenta mi papá que nadie quiso llevarlo durante el viaje con mi hermana al Hospital del Niño. En el trayecto observó muertos, heridos con bala y perdigonazos; el escenario se repetía en el hospital. Gracias a Dios atendieron a mi hermanita que ahora tiene 29 de años de edad.

3- Irving Robles

La verdad que fue muy impactante para mí porque apenas era un niño. Cuando se dio la invasión yo vivía en una barraca en el Chorrillo. Recuerdo que cada vez que empezaban a atacar, sonaban unas sirenas muy fuertes. Cuando soltaban las bombas, la barraca donde vivía se estremecía para ambos lados como si fuera de juguete. Mi madre se arrodillaba conmigo a orar. Al final, nos llevaron a un refugio en una iglesia por el área de Balboa. Fue muy frustrante a tan corta edad ver muchos muertos y sobre todo sentir el mal olor a sangre.

4- María Mercedes

Cuando ocurrió la invasión yo tenía 13 años y estaba en tercer año del colegio.  En esos tiempos teníamos calendarios irregulares de clases y las mismas se mantenían suspendidas por varios meses, así que nunca se sabía cuándo comenzaba el año escolar o si lo íbamos a terminar. De hecho, tenía un profesor en la escuela que siempre decía que estudiáramos porque no se sabía si terminaríamos el año escolar, y el tiempo le dio la razón.

El día de la invasión, yo tenía un ejercicio de matemáticas importante y mi abuela me levantó muy temprano en la mañana gritándome “apúrate, arréglate y agarra tus cosas“. Obviamente yo pensé que era para ir a la escuela, así que agarré mi uniforme cuando de repente escucho lo que pensé eran fuegos artificiales. Pregunto a mi abuela que celebran, pero ella me grita de nuevo que me apure y agarre mis cosas que nos vamos ya.  Yo respondo que me espere que tengo que buscar la maleta de la escuela, y mi abuela me dice “que escuela ni que ocho cuartos, que tenemos que irnos de la casa”.

Nosotros vivíamos en El Cangrejo, y por ser tan céntrico mis abuelos tenían miedo que alguna bomba cayera por la casa, así que mi tío que vivía un poco más lejos vino a buscarnos para sacarnos de la casa y llevarnos a la suya.

Al principio yo aún no registraba bien la situación y decía “¿irnos? ¿De qué hablas? ¡Al único lugar que tengo que ir es a la escuela! Tengo ejercicio de matemáticas”. Mi abuela respondió frenéticamente que nos están invadiendo y que debíamos irnos de la casa. Yo no quería irme. Pensaba que tenía que ir a la escuela y que navidad está a la vuelta de la esquina. Me tomo unos cuantos minutos registrar que los supuestos fuegos artificiales no eran otra cosa que el sonido de bombas explotando y que los gritos que escuchaba no eran ninguna celebración.

Mi tío y mi abuelo llegaron más atrás gritándome que me apurara, que teníamos que irnos. Mientras yo insistía que me quería quedar en mi casa, mi abuelo me recordó que teníamos que huir porque era una emergencia y no era relajo. No tuve más opción que de mala gana cambiarme y hacer una maleta rápidamente. Salimos corriendo de la casa y el Sol ya había salido.

Recuerdo que se veía una columna de humo en el aire y el sonido era aterrador. Mi tío se preocupó porque no había suficiente comida y no teníamos ni idea de cuánto duraría la invasión. Sin saber que podía estar abierto, salimos a buscar una tiendita que estuviera abierta. Encontramos finalmente un chinito abierto al final de la Vía Argentina.

Nos bajamos todos a comprar provisiones y dentro del local había más personas, incluyendo un hombre cubano. Recuerdo que mi tío me dijo que cogiera lo que quisiera, cuando de pronto escuché gritos y lo que vino jamás lo olvidare. Un grupo de tres batalloneros de la dignidad entraron bien armados, gritando y apuntándole a todos los que estaban en la tienda. Uno de ellos se acercó al chino gritándole que le diera todo el dinero o que lo iba a matar. El otro agitaba su arma a la vez que gritaba que había que matar a los traidores, mientras que el tercero vio al cubano y dijo: “¡este! ¡este es un gringo! ¡Hay que matarlo!“.

Los batalloneros agarraron al cubano y lo encañonaron gritándole que se iba a morir. El hombre gritaba “pero si yo no soy gringo, yo vivo en Panamá“, pero uno de los batalloneros lo golpeaba mientras que el otro lo encañonaba. El hombre sólo sollozaba repitiendo reiteradas veces que él no era gringo. Mi tío me jaló detrás de él para taparme y comenzó a caminar hacia atrás tratando de alejarse de la escena. Volteo la cabeza y me susurro varias veces “huye de aquí“. En mi cabeza yo pensaba cómo iba a salir de allí si los batalloneros estaban justo al lado de la puerta.

No sé como me armé de valor para salir de allí, pero lo logré. Mientras el batallonero metía su arma en la boca del cubano y el chino le tiraba su dinero al otro batallonero, encontré un microsegundo en el que logre escapar de la tienda corriendo lo más rápido que he corrido en mi vida. Sali entre mil gritos horribles y corrí hasta que vi el carro de mi tío que lo había parqueado unas calles más arriba.

Me escondí aterrorizada dentro del carro pensando que si mi familia lograba salir de la tienda, también irían al carro y me encontrarían. No sé cuanto tiempo pasó, pero al rato apareció mi abuela, lo que me causó una alegría inmensa verla. Eventualmente mi tío logró escapar y llegar al carro. Apenas arrancó el carro, nos fuimos.

Logramos llegar a la casa de mi tío donde pasamos el resto de la invasión sin electricidad, durmiendo en el piso y pegados a la radio para saber que pasaba. Nunca supe que le pasó al cubano, o al chino, o a las otras personas presentes en la tienda.

5- Aquiles Ramírez

Para la invasión tenía 12 años; mi graduación de sexto se canceló. Además, al ser hijo de un teniente instructor de las Fuerzas de Defensa, yo y mi familia nos considerábamos en riesgo. Mi papá salió a las 2:00am del 20 de diciembre, siguiendo el llamado de sus superiores. Mi mama, mi hermana y yo nos quedamos solos y le pedimos al vecino que nos ayudará a enterrar un baúl de mi papá con trofeos, reconocimientos, certificados y fotos, entre otras cosas.

Nos mudamos a la casa de la vecina y en las noches helicópteros alumbraban a la barriada, específicamente cerca de un cerro desde donde se escuchaban detonaciones. Antes de irnos, le dejamos a mi papá una nota en la puerta de la casa en donde le decíamos que estábamos en casa de la señora Merce, todo con la esperanza de que regresara sano y salvo. Fue la navidad más pobre de mi vida y la más triste. Gracias a Dios mi padre volvió en enero, con otra ropa, barbón y algo delgado, pero estaba vivo.

6- Milciades Pino

Cerca de la medianoche del 20 de diciembre, mi padre y mi familia se percataron de que aparecía una bandera blanco y negro en la televisión en todos los canales. Salimos a ver y detrás de un cerro pasaban aviones, soltaban un misil y este se desprendía en varios a la vez convirtiéndose en una lluvia de fuego.

Pasaron los días y a mi padre se le ocurrió ir a su pequeño negocio en Calidonia. Fue y regresó a casa con una bolsa de basura llena de sopas instantáneas y chocolates. Yo caí enfermo con esa comida. Nos quedamos sin que comer y los vecinos que saqueaban no compartían, a excepción de una niña que nos traía latas de jamonilla o lo que fuera de su humilde casa.

Mi padre, muy preocupado por su hermano que era miembro de los CODEPADI, fue conmigo a la morgue de la Caja de Seguro Social de la Transístmica. Me impacté cuando vi toda la pared (podía tener una altura de casi dos metros) del lugar tapada con cientos de hojas 8.5 x 11 con nombres de personas que murieron en las primeras 48 horas de la invasión.

7- Deisy Jeffery

Yo tenía un año de haber salido de Panamá. Estaba viviendo en Houston cuando mi esposo me levantó y me dice “ven, tienes que ser fuerte”. A mí la vida se me suspendió y no entendía porque me despertó para decirme eso a las 3:00am. Le pregunto que qué pasa y me dice que Panamá ha sido invadida.

Me sentí morir ante semejante noticia y más por estar afuera de mi nación. Fue como un balde de agua fría, ni más ni menos. En mi caso, yo tenía muchos sentimientos encontrados; feliz por una parte porque tenía la seguridad que Panamá iba ser libre, pero por otra sabía que habría tantos muertos. No saber nada de tu familia en esas primeras horas fue muy fuerte.

8- Yira de Samaniego

Era una niña de 11 años en el momento en que se dio la invasión. Mis padres pusieron a mí y a mi hermana a dormir en la sala con ellos, y no nos dejaban salir ni al portal de la casa. Nosotros vivíamos en El Coco de La Chorrera, recuerdo ver a mis vecinos en la calle viendo al cielo cuando se escuchó la detonación de las bombas en el cuartel de policía, estábamos lo suficientemente cerca para escucharlo con claridad.

Lo que me quedó más marcado en la mente fue cuando en la noche del 20 de diciembre le pregunté a mi mama si podíamos prender las luces de nuestro arbolito de plástico, y ella respondió: “no mija, no se puede hoy. Murió mucha gente y no hay nada que celebrar“. Lo cierto es que fue muy duro para mi escuchar eso.

También recuerdo el miedo de esos días mientras veía a mi mama subir a la tienda hasta tres veces al día para traernos comida, y a mi papa salir días después con mi abuelito al centro de La Chorrera para ver cómo estaban las cosas.

9- Eric Carrillo

Caía la tarde del 23 de diciembre de 1989 y decidí buscar a alguien que me llevara hasta el centro de la ciudad, a ver cómo estaba mi abuela, madre, tía y mis hermanos. Tuve la suerte que un amigo se movía hasta allá y me dio un aventón en un auto en donde veníamos siete personas.

En ese viaje pudimos ver soldados del ejército estadounidense apostados en distintos sitios estratégicos de la ciudad. Llegamos hasta el mercadito de Calidonia y de allí en adelante continué a pie. Me topé con autos volteados, gente caminando sin rumbo y otros observando como si buscaran algo.

Al llegar a la altura del Banco Nacional, localizado en la esquina de Avenida Central y Calle 16, había un grupo de panameños y panameñas abrazándose y tomándose fotos con la soldadesca americana, se subían en los tanques; fue una escena difícil de digerir para una persona como yo, egresado del Instituto Nacional y que he visto muchas cosas que hacían los soldados con nosotros los que vivimos cerca de la franja limítrofe. Gracias a Dios llegué a donde estaba mi familia, todos estaban bien.

10- Kharolina Serrano

Yo tenía 7 años, pero recuerdo que a mitad de la madrugada de aquel 20 de diciembre escuchaba lo que yo asociaba con el sonido de tambores. Recuerdo que esa noche mi mamá dormía conmigo y le dije: “mamá, ¡hay desfile! ¡Vamos a ver los tambores!” Hoy sé que eran las bombas que caían en el cuartel de Los Pumas, en Tocumen.

Cuando amaneció, vi a mi mamá llorando diciendo que teníamos que ir a Juan Díaz a ver si mi abuela estaba bien. A mi hermana y a mí nos subieron al carro en pijamas y nos fuimos a casa de la abuela. Lo que vi durante el camino fue un caos: la gente saqueando el Gago de El Parador (hoy Super 99) y en la Texaco que estaba cerca vi a un tipo muerto en el piso y a un señor que era encañonado cuando echaba gasolina por otro individuo que quería su carro.

Vi gente corriendo con latas de comida, ropa, e inclusive a dos hombres cargando una nevera. Había basura tirada por todos lados, los carros no tenían un carril fijo por el cual pasar ya que tenían que esquivar a los saqueadores. Mis padres nos decían a mi hermana y a mí que nos agacháramos y que no miráramos para afuera.

Llegamos donde mi abuela, quien estaba bien. No obstante, en Juan Díaz vimos gente cargando con ropa que saquearon de la fábrica Intimate, velas de la fábrica de San Pedro y cajas de leche que sustrajeron de la empresa Nestlé.

Mi papá tenía miedo de regresar a la casa, pero se animó casi a las 5pm. Llegando a Pedregal, que era donde vivíamos, nos encontramos con un retén de soldados gringos. Detuvieron el carro y encañonaron a mi papá por un lado y a mi mamá por el otro. El que se había parado frente al carro nos vio a mi hermanita y a mí en la parte de atrás, y les dijo algo a los otros soldados que nos dejaron ir. Luego de ese pequeño episodio, nos encerramos por tres días en casa sin ir a ningún lado. Nunca lo voy a olvidar.

11- Víctor Raúl De Las Casas

La mañana siguiente a la invasión, la administradora de la casa de huéspedes en la cual vivíamos en Ciudad de México, tocó la puerta de nuestra habitación de manera frenética llamando a mi esposa: “Señora Nivia, señora Nivia, invadieron Panamá”.

De inmediato prendimos el televisor y todos los canales interrumpieron su programación durante tres días para pasar de manera constante información sobre la situación de Panamá y el paradero del general Manuel Antonio Noriega. No podíamos comunicarnos con Panamá hasta después de aproximadamente cinco días.

Todos los titulares de los periódicos trataban el tema de la invasión, y en las calles no se oía hablar de otra cosa. Yo ya no quería decir que era panameño sólo para no estar dando opiniones sobre lo que ocurría. Celebrábamos la caída de la dictadura sin tener en cuenta la magnitud de la tragedia. Sólo cuando todo el asunto se calmó, tuvimos conciencia del desastre que se vivió.

12- Ángela Saenz

Para el 19 de diciembre, me encontraba en espera de mi primera hija. Como un amigo de mi madre nos había informado que la invasión sería un hecho, ella nos reunió a todos los hermanos y a sus respectivas familias en San Miguelito.

El 20 de diciembre, estaba en labor de parto y al dirigirnos hacia el hospital nos topamos con un retén de militares gringos ubicado en lo que hoy es el Hospital San Miguel Arcángel. Los soldados no nos permitieron pasar y tuvimos que regresar a la casa.

Mi madre vivía cerca de un cuartel en Veranillo, por lo que alrededor de la casa pasaban los gringos. Cuando se escuchaban los disparos, mi madre nos metía debajo del comedor que tenía rodeado de colchones, ya que para ese entonces mi sobrino estaba recién nacido y mis tres hermanas estábamos embarazadas. Los vecinos que conocían nuestra situación, cada vez que regresaban de los saqueos, nos brindaban comida porque sabían que mi madre no permitía que saliéramos de la casa.

Fue el 9 de enero de 1990 que logre pasar el mencionado retén. Tuve un parto muy complicado y hasta me tuvieron que hacer transfusión de sangre. Luego de dar a luz, me instalaron en una sala deteriorada y sucia, sin ventanas. Mi tía puso una sabanilla en la ventana por el sereno y el frío que entraba. Al hospital llegaron los militares gringos y quitaron la sabanilla aduciendo que se estaban escondiendo miembros de los CODEPADI, lo cual era cierto, pero simplemente no lo sabíamos.


Los relatos que acabas de leer son sólo un pequeñísimo pantallazo de las miles de historias que proliferan y que aún son desconocidas. Si crees que tienes algo que contarnos sobre este tema, escríbenos a nuestro email para así saberla y poder publicarla más adelante.