La región que actualmente conforma la República de Panamá fue, durante gran parte del siglo XIX, una extensión de Colombia, hasta que en noviembre de 1903 declaró su independencia y se constituyó como un estado soberano. Este acontecimiento fue consecuencia de décadas de tensiones, disputas internas en Colombia y el aumento del interés estadounidense por la creación de una vía interoceánica.
Para comprender a detalle este proceso de separación, es necesario remontarse al proceso independentista de 1821, cuando Panamá se liberó del dominio español. El 10 de noviembre de ese año, la Villa de Los Santos lanzó el famoso “Grito de Independencia”, que se extendió rápidamente por todo el istmo hasta culminar el 28 de noviembre con la emancipación de Panamá de España.
No obstante, esta autonomía recién conquistada era muy frágil. El nuevo Estado carecía de recursos económicos, armamento moderno y su ejército era insuficiente, lo que dejaba abierta la posibilidad de una reconquista por parte de España.
Ante semejante vulnerabilidad, los panameños consideraron unirse a una de las nuevas naciones americanas en busca de respaldo militar. Optaron por unirse voluntariamente a la Gran Colombia, una confederación emergente que abarcaba los actuales territorios de Colombia, Venezuela y Ecuador.
La visión del libertador Simón Bolívar era formar una gran nación que uniera las antiguas colonias españolas para protegerse mutuamente. Al poseer la menor distancia entre el océano pacífico y atlántico, él concebía a Panamá como un punto estratégico. A pesar de ser una sola nación, la Gran Colombia ofrecía cierta autonomía a cada territorio en diversos aspectos.
Pero las diferencias no tardaron en surgir. Ya en 1826, apenas cinco años después de la unión, comenzaron a manifestarse las primeras grietas en la relación entre el istmo y el gobierno central. El problema se agravó cuando el congreso colombiano mostró total desinterés en otorgar privilegios comerciales internacionales al istmo, frustrando así el sueño panameño de transformar su territorio en un gran centro de comercio mundial.
Surgió un movimiento separatista, apoyado por el Reino Unido, Francia, y Estados Unidos, potencias que ya mostraban interés en construir una vía que uniera los océanos a través de Panamá. Sin embargo, este primer intento de secesión fue reprimido por los militares colombianos estacionados en el istmo.
En 1830, la Gran Colombia se desintegró. Simón Bolívar, gravemente enfermo, renunció a la presidencia en medio de un caos político generado por las disputas entre centralistas y federalistas. Ecuador y Venezuela decidieron independizarse y formar sus propios países, y con la muerte de Bolívar en diciembre de ese año, su anhelo de una nación unida y poderosa se desvaneció.
Los panameños, al ver la desintegración de la Gran Colombia, no encontraban razón para seguir unidos al gobierno de Bogotá. Intentaron por segunda vez separarse, pero las provincias restantes de la Gran Colombia decidieron formar un nuevo estado, la Nueva Granada, e incluyeron al istmo en su territorio. Para desgracia de Panamá, la Nueva Granada se sumió en una serie de guerras civiles que devastaron la región, sumiendo al istmo en el abandono y la pobreza.
Durante una de estas contiendas, la Guerra de los Supremos, el general Tomás Herrera logró en 1840 la separación de Panamá y proclamó el llamado Estado del Istmo. Durante sus 13 meses de existencia, este nuevo estado logró reorganizar la economía, además de mejorar las condiciones de salud y educación.
Pese a estos beneficios, cuando la Guerra de los Supremos comenzó a inclinarse a favor del gobierno central en 1841, Herrera enfrentó una realidad inevitable: la superioridad militar de las fuerzas neogranadinas. A fin de evitar una sangrienta reconquista, el Estado del Istmo negoció su reincorporación pacífica a la Nueva Granada, lo que puso fin al experimento independentista más exitoso de Panamá hasta ese momento.
La suerte del istmo cambió drásticamente en 1848, cuando Estados Unidos adquirió California tras su victoria en la guerra contra México, y casi simultáneamente, se descubrieron vastos yacimientos de oro en el territorio recién anexado.
La llamada “fiebre del oro” atrajo a aventureros de todo el mundo hacia California. Las rutas terrestres a través de Norteamérica eran muy peligrosas debido a los asaltos. La opción más segura y rápida era atravesar el istmo de Panamá.
Estados Unidos centró su atención en asegurar una conexión rápida y segura entre los océanos, por lo que en 1850 una compañía de ese país obtuvo la concesión del gobierno colombiano para construir el primer ferrocarril interoceánico en Panamá.
La construcción fue una tarea titánica; el clima hostil, la fiebre amarilla y la malaria cobraron la vida de miles de trabajadores. Aun con estas dificultades, el ferrocarril se convirtió en el más rentable del mundo, generando importantes ganancias para Colombia, de los cuales los panameños, una vez más, veían poco o nada.
El 15 de abril de 1856, un incidente aparentemente trivial se convirtió en un catalizador de la intervención norteamericana en Panamá. Todo empezó cuando un estadounidense, en estado de ebriedad, se comió una tajada de sandía de un vendedor de frutas y se negó a pagarla. Esto desató una violenta discusión que degeneró en una batalla campal entre panameños y estadounidenses, dejando como saldo 18 personas muertas. Este suceso, conocido como “el incidente de la tajada de sandía”, llevó a Estados Unidos a enviar un destacamento militar para proteger el ferrocarril y a sus ciudadanos.
Esta ocupación militar es considerada la primera intervención armada de Estados Unidos en Panamá y sentó un precedente, ya que a partir de entonces, los norteamericanos buscarían cualquier pretexto para intervenir en el istmo, lo que más tarde sería un factor decisivo en la separación de 1903.
El sueño de un canal interoceánico que atravesase Panamá no era nuevo. En 1878, Colombia otorgó a Francia la concesión para la construcción de un canal. Ferdinand de Lesseps, el ingeniero que había dirigido la construcción del canal de Suez, comenzó las obras de excavación en 1880.
No obstante, la aventura francesa se convirtió en un fracaso de proporciones épicas. Los errores de cálculo en la ingeniería, la corrupción que permeó todos los niveles del proyecto, los escándalos que sacudieron las finanzas y las epidemias ocasionadas por mosquitos causaron miles de decesos entre la mano de obra, lo que forzó la suspensión definitiva de las obras y condujo a la bancarrota de la compañía.
El fracaso francés fue la oportunidad perfecta para Estados Unidos, que vio el camino libre para construir su propio canal. Pero las aspiraciones estadounidenses se vieron complicadas por la inestabilidad política que atravesaba Colombia en esos momentos. En 1899, precisamente cuando los intereses canaleros cobraban mayor relevancia, el país se vio inmerso en uno de los conflictos más devastadores de su historia: la Guerra de los Mil Días.
Los orígenes de este enfrentamiento se remontaban a décadas de tensiones ideológicas. Tras la victoria liberal en la llamada Guerra de las Soberanías, se promulgó la Constitución de Rionegro en 1863, que estableció los Estados Unidos de Colombia, una república federal basada en el libre mercado y el anticlericalismo.
Como consecuencia, esta etapa culminó con otra guerra civil en 1884, que llevó al poder a los conservadores y a la promulgación de la Constitución de 1886, restaurando el proteccionismo y un estado confesional, período conocido como la Regeneración. Los liberales, en respuesta, realizaron una insurrección en 1895, que fue sofocada, pero las rencillas entre la oposición y el gobierno se intensificaron.
En 1898, el conservador Manuel Antonio Sanclemente asumió la presidencia a los 84 años. Las tensiones con las facciones radicales liberales, lideradas por los políticos Rafael Uribe Uribe, Benjamín Herrera y Gabriel Vargas Santos, culminaron cuando estos se alzaron en armas el 17 de octubre de 1899 en el poblado de Socorro, departamento de Santander, iniciando así la Guerra de los Mil Días.
A pesar del apoyo de los gobiernos liberales de Guatemala, Nicaragua, Ecuador y Venezuela, los liberales carecían de experiencia militar y recursos. Aunque sufrieron derrotas iniciales como en la batalla del Río Magdalena, obtuvieron una victoria crucial en la batalla de Peralonso, lo que revitalizó su causa y les permitió proclamar a Gabriel Vargas Santos como presidente provisional.
La Batalla de Palonegro, la más sangrienta con 9 mil bajas, frenó el avance liberal, obligándolos a adoptar tácticas de guerrilla. La avanzada edad de Sanclemente se volvió un obstáculo para el manejo de la contienda, llevando a los conservadores a derrocarlo en julio de 1900 para instalar a José Manuel Marroquín, quien decidió proseguir con la guerra. Los liberales, divididos entre belicistas y pacifistas, mantuvieron la resistencia gracias a la ayuda del presidente venezolano Cipriano Castro.
En cuanto a Panamá, la región se convirtió en un bastión liberal aprovechando los antiguos sentimientos separatistas para fortalecer su resistencia contra el gobierno. El general Benjamín Herrera lideró las fuerzas liberales y conquistó Aguadulce en junio de 1901, a pesar de contar con un ejército menor y menos experimentado. Esta victoria se vio opacada por la derrota en la batalla del puente de Calidonia, donde los liberales fueron derrotados abrumadoramente.
Los conservadores enfrentaron dificultades para avanzar en el istmo debido a la presencia de una flota estadounidense lista para intervenir y proteger la infraestructura regional, dado el creciente interés en la construcción del canal. Los liberales llegaron incluso a entregar la ciudad de Colón ante la presión de los estadounidenses.
La resistencia liberal se prolongó un año más gracias al respaldo nicaragüense, hasta que la recaptura de Aguadulce por parte de los conservadores y el cese del apoyo de los liberales en el exilio provocaron su colapso definitivo.
El 21 de noviembre de 1902, luego de tres años de guerra fratricida, las negociaciones de paz concluyeron a bordo de un acorazado estadounidense en la bahía de Panamá, con la decisiva mediación de Estados Unidos.
Es evidente que la Guerra de los Mil Días representó una catástrofe para Colombia. Cobró la vida de un aproximado de 100 mil personas, además de dejar una tremenda crisis económica, agravada por la deuda militar y una inflación descontrolada. Muchas industrias y vías de comunicación quedaron destruidas, dejando asimismo una profunda huella psicológica por la polarización del conflicto, que llevó incluso al reclutamiento de niños soldados.
En Panamá, el conflicto intensificó los deseos separatistas ya existentes, situación que Estados Unidos aprovecharía para consolidar su proyecto canalero y expandir su influencia en la región.
El 27 de enero de 1903, Colombia y Estados Unidos firmaron el Tratado Herrán-Hay para la construcción del canal interoceánico. Sin embargo, en agosto de ese mismo año, el senado colombiano rechazó tajantemente el tratado alegando cuestiones de soberanía, aunque según diversas fuentes, la verdadera intención era rechazarlo para renegociar beneficios adicionales para Colombia.
Para los panameños, el rechazo del Tratado Herrán-Hay fue una bendición inesperada. Cansados del abandono y las guerras civiles, vieron su oportunidad de oro. Una junta revolucionaria secreta, liderada por figuras como José Agustín Arango y Manuel Amador Guerrero, se formó para renegociar con Washington la construcción del canal, y al mismo tiempo separar el istmo del dominio colombiano.
El 3 de noviembre de 1903, se ejecutó el plan separatista. Los conspiradores panameños desplegaron una operación meticulosamente planeada que incluyó grandes sobornos a los altos mandos militares colombianos para neutralizar las fuerzas gubernamentales.
Una vez capturado el contingente militar colombiano del general Juan Tovar, quien había llegado desde Barranquilla tras los rumores de conspiración en el istmo, los separatistas proclamaron el nacimiento de la república de Panamá como nación libre y soberana. Estados Unidos reconoció oficialmente al nuevo estado apenas tres días después, el 6 de noviembre, seguido en los días posteriores por el reconocimiento de otros países de América, Europa y Asia.
Apenas quince días después, el 18 de noviembre, Estados Unidos firmó rápidamente con Panamá el Tratado Hay-Bunau Varilla, garantizando la construcción del canal, la protección del nuevo país contra Colombia y la soberanía estadounidense sobre una pequeña franja conocida como la Zona del Canal.
La noticia de la separación cayó como un balde de agua fría en Bogotá, generando intentos desesperados del gobierno colombiano para revertir la situación. Colombia ofreció condiciones que antes había rechazado, incluyendo la ratificación del Tratado Herrán-Hay y mayor autonomía para el istmo. Sin embargo, estas ofertas fueron rechazadas por los panameños, quienes ya habían consolidado su independencia con el respaldo estadounidense.
La separación de Panamá agravó la ya existente crisis económica en Colombia, y considerando que en la actualidad el canal genera ingresos anuales de miles de millones de dólares, es evidente que Colombia perdió una oportunidad irrepetible que podría haber transformado completamente su desarrollo económico.
Para mejorar las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos, Panamá y Colombia, el 6 de abril de 1914 se firmó en Bogotá el Tratado Thomson-Urrutia. El punto más importante de este tratado fue el pago a Colombia de 25 millones de dólares como indemnización por la separación de Panamá. Finalmente, el tratado fue ratificado por el senado estadounidense el 20 de abril de 1921.
Si bien el tratado cerró las heridas diplomáticas entre las naciones, la separación de 1903 había abierto una nueva herida para Panamá: la recuperación de la soberanía sobre el canal. Durante décadas, los panameños vivieron con la paradoja de ser independientes a costa de tener una franja de su territorio bajo control estadounidense.
La Zona del Canal se convirtió en un símbolo de colonialismo moderno que generó tensiones a lo largo del siglo XX. La verdadera independencia panameña no se completaría hasta 1999, cuando finalmente recuperaron el control total del canal, cumpliendo así el sueño de soberanía plena que había motivado la separación original.






